2090 Las hojas caducas

Las hojas caducas se persiguen en la vana esperanza de conseguir atraparse, unas a otras, con la ayuda del viento.

Las miro, curioso, y suspiro. Carecen de un motor propio, interno, para desplazarse. Se quedan a la espera de la siguiente ráfaga y siguen con su juego hipnótico.

Miro a mi alrededor. Estoy sentado, tranquilo, buscando un sentido a mi existencia, envidiando quizás un poco a las hojas, su ligereza, su forma de moverse, su ausencia de interés por todo lo que las rodea.

Por mí.

Un veterano de mil batallas psíquicas ahora atrapado, aburrido, en un exoesqueleto de carne y huesos.

Las terminaciones nerviosas de mi cuerpo han cambiado de manera incomprensible para mi cerebro. Y mi cerebro ha dejado de intentar ganar una batalla muy dura. ¿La última? Nadie lo puede saber. Nadie sabe siquiera si este cerebro sigue luchando. A nadie le importa un cerebro aparcado, que no se comunica con el mundo.

Las guerras psíquicas fueron devastadoras; arrastraron la humanidad hasta el abismo de la perdición, la obligaron a darse un chapuzón en el mar de la estupidez, la embriagaron del néctar de la ignorancia y la volvieron a sacar de allí para que pudiera volver a arrancar, confiando con que esta vez el resultado sería diferente.

Error.

Es el día de la marmota, una y otra vez. Cambian los factores pero el resultado sigue siendo el mismo. No es que me interesen los menesteres de la humanidad en sí; prefiero pensar en las personas.

Mejor dicho: preferiría pensar en las personas si pudiera pensar, si pudiera producir pensamientos capaces de sobrepasar las barreras físicas de mi cortex.

Y sin embargo aquí estoy, sentado. Como un vegetal, esperando que mi cuidadora aparezca y me lleve de nuevo al interior de las instalaciones para otra sesión de pruebas, electrodos y estimulación.

No saben, nadie sabe que mi cerebro funciona perfectamente, pero mi cuerpo no está conectado a él. Yo no les culpo, ellos hacen lo que pueden.

¿Las hojas se persiguen unas a otras? ¿Quieren realmente atraparse? Existe la posibilidad de que tengan un cerebro e intenten hacer otra cosa que no sea atraparse; y nosotros no lo sabemos, interpretamos mal su comportamiento, sus reacciones.

Interpretamos la realidad en función de nuestro prisma, de nuestra manera de actuar, de nuestra manera de vivir.

Percibo un pequeño empujón. Es buena señal. De repente mi perspectiva cambia y me doy cuenta que mi cuidadora ha llegado. Me empuja otra vez hacia la residencia. La brisa me acaricia dulcemente. O eso creo.

Y mi cuidadora…

Mi cuidadora es el viento que mueve esta pobre hoja, magullada por una guerra injusta, que nunca pierde la esperanza en que un día, quizás pronto, pueda compartir sus experiencias, sus vivencias, para empezar a construir un mundo nuevo.

Un mundo en el que las hojas caducas también tendrán su protagonismo.