2113 Éxodo

Es el Gran Día. Por fin.

En el pasado muchos profetas habían hablado del último, largo viaje; la mayoría de ellos nada tenía que ver con la religión, sino que materializaban una nueva religión laica hecha de esperanzas en la ciencia y en la astronomía.

¿Vana esperanza? Es posible; cada cual piense lo que quiere.

Para los humanos de bien, para todos aquellos humanos que se consideran de alguna forma superiores a los demás, el éxodo es el único paso lógico y aceptable, una vez constatado el nivel de degradación de la Madre Tierra. Irrecuperable, la definen; y no se paran a pensar en sus propias responsabilidades, en qué podrían haber hecho mejor.

Así el Gran Proyecto fue fraguando y los avances tecnológicos permitieron construir una entera flota de naves espaciales, listas para zarpar y, surcando cielos llenos de estrellas, conquistar nuevos mundos, nuevos planetas.

Hoy saldrán al unísono dirigiéndose a los rincones más recónditos (y, logicamente, inexplorados) de todas las galaxias. Como una gran parte de la literatura denominada “de anticipación”, y que muchos habían antaño llamado “ciencia ficción”, había pregonado durante los siglos XX y XXI.

Todos se pusieron de acuerdo, rojos y negros, derecha e izquierda, altos y bajos, como siempre han hecho las ratas en los navíos terrestres. Con un matiz: las ratas no suelen ser  culpables del hundimiento del barco. Estos humanos, en cambio…

Evidentemente no toda la población de la Tierra cabe en las naves de la flota interestelar. Después de una toma de decisiones complicada y dolorosa se determinó que subirían a las naves de exploración solamente unos representantes de la raza humana. La tripulación incluyó entonces los poderosos de siempre, sus familias, sus amigos.

Para los demás quedaba un sueño, una ilusión y un mundo entero, quizás en cierta medida desgastado pero libre de los problemas causados por la sobrepoblación.

-Yo también voy- se atrevieron a decir algunos.

-No, tú no- les contestaron.

-¿Y por qué?-.

-¡Porque no!- era la respuesta que no dejaba espacio para el diálogo.

Durante un tiempo fue un intercambio de afirmaciones generalizado, transversal, mundial, ecuménico, democrático. Frecuente, demasiado frecuente. Y estéril, demasiado estéril.

Muchos son felices por quedarse en la Tierra; los que no se consideran ‘descartados’ ven en la salida de tantos personajes, cuya importancia real en la vida del planeta es proporcional a su humildad, una nueva posibilidad para hacer bien las cosas. Para construir una nueva Tierra.

New Gea.

Otros paradigmas, mismas leyes físicas, una situación diferente a la realidad a la que se enfrentan los viajeros galácticos.

Leap of Faith, un salto de fe, consecuencia de las decisiones tomadas, consecuencia de un arriesgado supuesto: la validez universal de las leyes físicas terrestres.

 

Es el día después del Gran Día.

Y esta no es la historia de los que se marchan, es la historia de los que se quedan en Tierra.

Es la historia de aquellos que, en todos los rincones de la Tierra, levantan los ojos al cielo para admirar las lanzaderas que acompañan los prófugos y sus esperanzas hasta las naves ensambladas en orbitas geoestacionarias.

Es la historia de aquellos que vieron salir la última lanzadera y su progenie.

Es la historia de aquellos que escucharon el estruendo provocado por las turbinas de fusión encendiéndose al unísono.

Es la historia de aquellos que padecieron el impulso provocado por las naves, un empuje gravitacional que modificó la misma forma de la Tierra proyectando sus polos hacia el exterior y provocando terremotos y movimientos de placas tectónicas.

La costra terrestre recibió una sacudida terrorífica. Los terremotos y los tsunami cambiaron para siempre la geografía, pero los prófugos no se dieron cuenta siquiera. No les importó, ya despegaron dirigiéndose hacia el futuro, hacia la promesa de un mejor mañana, más controlado. ¡Esa pasión por el control!

 

Casi un año después del Gran Día, aún era imposible cuantificar los fallecidos en la Vieja Tierra. Las repercusiones de los cataclismos había sido inenarrable. Literalmente. No había comunicación posible: la variación en la forma del planeta había provocado el colapso de las órbitas geoestacionarias y una auténtica lluvia de satélites.

Poco a poco la forma de la Tierra se fue restableciendo, gracias a su movimiento rotatorio, pero en su superficie todo había cambiado.

Así la globalización perdió todo su significado y la humanidad residual pudo volver a construir, a edificar su propio camino.

A construir una Nueva Tierra.